Los refugiados del conservacionismo

 

Un día hablaba del cambio climático con un colega que me decía que es un error considerar que los propios seres humanos podamos ser los "salvadores del planeta" por el mero hecho de que somos una especie más formando parte de la de la Biosfera. Somos una especie con una gran capacidad predadora sobre los recursos y ésta no cesará nunca por que es inherente a los seres humanos.
En el fondo tiene toda la razón.

No es ningún secreto que millones de pueblos indígenas de todo el mundo han sido expulsados de sus tierras para dar lugar a las grandes extracciones de petróleo y minerales, las grandes explotaciones madereras y las grandes extensiones agroindustriales. Pero pocos se dan cuenta que algo similar ha estado ocurriendo por una causa mucho más noble: la conservación de tierras y de la vida silvestre. No son sólo las empresas las que tienen mala fama entre las comunidades indígenas, sino también, y cada vez más, algunas organizaciones no gubernamentales internacionales.*

Las organizaciones ecologistas como todas las entidades tienen su cara y su cruz. Esencialmente pienso que se equivocan cuando promueven un modelo de naturaleza virgen en la que el hombre no existe.
El equilibrio probablemente sea difícilmente alcanzable. La medida estaría en el mayor respeto posible al medio ambiente desde una gestión adecuada, contenida y sostenible.

Estos modelos, aunque de otra manera, los practicamos en los países ricos, sólo que aquí cuando una población rural se queda sin la posibilidad de explotar recursos para su desarrollo, los jóvenes se marchan a las ciudades.
En otros lugares del mundo no hay un lugar mejor al que marchar porque alejados de sus bosques, sus gentes no tienen nada. ¿Es correcto entonces anteponer los derechos de la naturaleza a los derechos humanos?

Inauguro la sección de lecturas recomendadas en la que iré añadiendo material que por su extensión no pueda incluir y comentar de forma completa en un post:

"Los refugiados del conservacionismo" de Mark Dowie (Universidad de California, Berkeley).*
Versión en pdf de la revista Biodiversidad, octubre 2006.
Imagen: del reportaje publicado por primera vez en Orion Magazine, noviembre 2005.

El desafío del cambio

hacia el optimismo informado
Uno de los comentarios a un post anterior me ha hecho reflexionar.
El comentario lo hizo Wilde y decía lo siguiente:
"La naturaleza es sabia, y es por eso que ella superará el cambio climático adaptándose a los cambios; nosotros no. Esa es la ironía total, que en realidad nos estamos suicidando sin más. Las especies animales también saben adaptarse a los cambios con el transcurrir del tiempo. El mundo vegetal, pues también. Al final ellos resucitarán. ¿Y nosotros?. Al lugar que nos corresponde por méritos propios. La nada."

No me ha chocado el pesimismo o el realismo que irradia, en mi fuero interno hay días en que yo pienso de un modo parecido.
Entonces…¿que sentido tiene nuestra lucha? Esta es un pregunta que me hago cada vez que me siento a escribir y a la que siempre trato de dar respuesta de una forma u otra.

Aquí siempre hablamos de cambiar hábitos, de cambiar de mentalidad hacia un mayor respeto por la naturaleza, de evolucionar hacia proyectos sostenibles.
Hoy día existe un atenuante, puesto que se trata de un cambio condicionado por la patente amenaza del cambio climático. Pero hoy me quiero centrar en el cambio social e individual, en la respuesta al cambio.

Partimos de la base de que se trata de un cambio positivo. Este punto podría ser discutible según para qué sectores; por ejemplo, una empresa que obtiene beneficios de actividades que implican degradación del medio. Creo que todos estaremos de acuerdo en que una actividad humana sostenible y respetuosa con el medio ambiente es un cambio positivo para el planeta y la biosfera.

Según los expertos en estos temas (que no yo), cuando un individuo o conjunto de individuos se enfrenta a un cambio positivo, cualquiera que sea la naturaleza del cambio, pasará por distintas fases, y dependiendo de la actitud con que lo acometamos, el cambio será efectivo o no.

La primera fase se denomina optimismo desinformado. Desconocemos los costes necesarios para llevar a cabo ese cambio, sin embargo la idea de contribuir a un mundo más limpio, más sostenible, más verde, es tan altruista y entusiasta que no deja espacio para el pesimismo. Todo el mundo quiere colaborar, aunque no sepa muy bien como.

En una segunda fase nos aborda el pesimismo informado. Se da cuando disponemos de una mayor información, descubrimos las dificultades y los costes que entraña el cambio.

Cada persona tiene su propio nivel de tolerancia al pesimismo: si se excede dicho nivel, se produce el abandono del proceso de cambio. Esta fase implica dudar de la decisión de cambio, mientras que el abandono implica revertir la situación.
La opinión de Wilde, que ha motivado este post, sería un buen ejemplo de pesimismo informado.
¿Y quién no es pesimista cuando vemos que a pesar de las herramientas disponibles de gestión del medio natural, se siguen realizando actuaciones y proyectos incongruentes?

A pesar de que el pesimismo informado es inevitable, no ocurre lo mismo con el abandono, ya que depende del grado de tolerancia que posea cada individuo.

El pesimismo nunca desaparece de forma repentina, se reduce paulatinamente y la persona ingresa en la etapa del realismo optimista. Conocemos las dificultades a las que nos enfrentamos y somo capaces de aportar soluciones.

A medida que vislumbren algunos resultados, se producirá la transición a la fase de optimismo informado que refleja una firme confianza como resultado de una dura lucha hacia el cambio.

El éxito del cambio se basa en el nivel de compromiso. Es un nivel de compromiso individual y colectivo que requerirá tiempo, energías, dinero…
¿A qué estamos dispuestos a renunciar?¿Qué somos capaces de aportar?

Para aquellos que estéis en la segunda fase, mucho ánimo.

(Ya se que lo mío no es la sociología pero un día el pingüino me habló de este proceso y me pareció muy interesante. Witi, me puedes corregir, no te cortes.)

Referencias: "El desafío de la administración del cambio" Luis del Prado; Respuesta a los cambios positivos, pag 65.
Gráfico: dibujado para la ocasión por pingüinolab.

Triste realidad

Fundación Tormes-EB

La semana pasada estuve en el Centro de Iniciativas Ambientales (Fundación Tormes-EB) en Almenara de Tormes (Salamanca), en un curso de Desarrollo y Planificación de Proyectos de Restauración de Riberas y Humedales. Durante 5 días escuchamos en el aula a responsables de Consejerías de M. A., biólogos, ingenieros, especialistas y profesionales.

Aparte lo puramente académico, las riberas y los humedales, el tema de conversación más frecuentado entre los compañeros que allí estábamos, fuera del aula, fue el medio ambiente en todas sus variantes.

Pensaba contar aquí algo de lo que aprendí, y llevo un par de días dándole vueltas. Así que prefiero abordarlo de una forma más personal y comentar lo que a mí más me ha impactado.
Desde mi perspectiva, probablemente idealista, al leer las noticias, yo tenía la sensación de que a pesar de las normativas y figuras existentes, a nivel administrativo la protección no era efectiva. Y así es.

Quienes trabajan en la Administración reconocen que es muy complicado sacar adelante las políticas proambientales: están atados de pies y manos. Se incumplen normativas y leyes, y no se gestionan debidamente las subvenciones.
En las Consejerías de Medio Ambiente no hay una buena coordinación entre secciones, como tampoco la hay entre ministerios. Lo que dice Medio Ambiente lo desdice Fomento o Turismo o el que toque.
Las evaluaciones de impacto ambiental se hacen mal, condicionadas por los intereses de llevar a cabo cualquier proyecto. Realmente penoso.

En este contexto es en el que se desenvuelve el medio ambiente. A mí desde luego me parece de lo más desalentador.

Por otra parte la pasividad ciudadana: nos tienen que dar todo hecho.
O no hay dinero, el caso de Ayuntamientos pequeños. O sí lo hay, pero el medio ambiente sigue sin ser ni prioritario, ni siquiera secundario (en Valladolid centro este fin de semana he visto el primer contenedor selectivo de basura orgánica, un hito histórico).

Dicen algunos que en materia de medio ambiente algo está cambiando.
¿Será cuestión de fe?

Sobre ecologismo

Eneko

La semana pasada en un blog sobre energía llamado indarki, que leo con cierta frecuencia, aparecían algunas reflexiones sobre el ecologismo actual. Indarki en su artículo Neoecologismo propone una renovación de las organizaciones ecologistas en su mensaje social, que según su opinión no es eficiente. Yo le hice un extenso comentario de réplica en su blog, al que me respondió en otro post: Desarrollando ideas sobre el neoecologismo.

El intercambio de ideas me ha parecido muy interesante. También podríamos hablar sobre neoeconomía, neopolítica o neosociedad, porque al fin y al cabo necesitamos un cambio cultural en lo que respecta a medio ambiente.

Quiero desde aquí romper una lanza por la labor que realizan las organizaciones ecologistas.
Hay algunas asociaciones más puristas en su mensaje de conservación y otras más moderadas. Entiendo que algunas personas tienen una imagen algo demonizada de estas organizaciones por que en sus acciones más “radicales” a veces parece que estén en contra de todo.

Esto no es así. Es cierto que denuncian actuaciones agresivas contra el medio ambiente, pero es que es que es su forma de actuar: son organizaciones socio-políticas. Buscan movilizar a la sociedad desde una ideología de respeto a todos los ecosistemas.

Su labor es difícil. Yo misma, cuando me siento aquí a escribir, pretendo explicar ideas sobre lo necesario de la conservación, dar pautas de comportamiento más respetuosas o explicar algunas problemáticas ambientales, y me encuentro con que siempre hay alguna noticia o algo que sucede en alguna parte, que no funciona bien. Entonces me resulta imprescidible poner el ejemplo, de manera que a veces puede parecer más bien un blog denuncia.

Si todos fueramos conscientes de nuestra interacción con el medio ambiente y le pusiéramos remedio, si la actividad humana fuera sostenible, no sería necesario denunciar.

Mi interés por la protección del medio ambiente nace del estudio de la naturaleza a través de mi carrera, que además es una ingeniería, de manera que mi punto de vista siempre tiende un poco a la planificación y gestión de los recursos naturales.

En el fondo todos aquellos que nos preocupamos por la naturaleza, por afición, filosofía o profesión, ecologistas o biólogos, ambientalistas o ingenieros, economistas o turistas, estamos en el mismo barco. Más radicales o moderados debemos reflexionar, dialogar y aportar.

Viñeta: Eneko en 20 minutos, creative commons

La Tierra tiene fiebre

La Tierra tiene fiebre es una invitación a la reflexión y a la opinión sobre lo que ocurre en nuestro planeta en un intento de remover la conciencia ambiental colectiva (aunque sea un colectivo pequeñito).
No creo que sea fácil, pero intentaré exponer ciertas cuestiones con el rigor y objetividad que merezcan. Aunque cierto es que para eso ya está la prensa…¿objetividad?, ¿rigor?…
Por eso creo que no me resultará fácil, porque las políticas ambientales no se tratan con el rigor que merecen, ni se dan las informaciones necesarias para que cada uno juzgue. De modo que casi nunca podré dejar fuera la política. Yo creo que con ciertos temas no vale no tener opinión. Siempre digo que para mí la evolución de la civilización humana se puede asemejar al crecimiento de un solo individuo. En la Prehistoria éramos bebés, aprendiendo a comunicarnos. En la época de los clásicos éramos niños, descubriendo nuestro entorno. En la pubertad medieval jugamos a la guerra; renacimos a la adolescencia cuestionándonos todos los dogmas y a los 18 el “quimicefa” se nos quedó pequeño: la Revolución Industrial. Ya somos adultos: hemos conseguido adaptar el medio como nunca imaginamos. Hemos dado respuesta a casi todo lo que nos rodea de una forma sobradamente suficiente. Hemos cometido tantos errores y producido tantos “daños colaterales” que hemos perdido la cuenta.

Sin embargo, aún estamos a tiempo, en plena madurez de facultades, de subsanar el daño causado a la Tierra que heredamos de aquel Homo sapiens.
De ser más coherentes con nuestra propia naturaleza, la del hombre en una Tierra que le ha dado la vida.